SI USTED ES UNA PERSONA SENSIBLE, NO LEA ESTE RELATO
Mi conciencia y yo; a altas horas de las madrugadas,
escuchando los más peligrosos consejos de la soledad y el silencio.
Mi recuerdo es lo único que veo en cada abrir y cerrar de
ojos, esos malditos recuerdos que no me dejan en paz. Por culpa de ellos llevo
varias noches sin poder dormir, varios días sin poder comer y siento que una
extraña fuerza me arrastra hasta el infinito, llevándome consigo a un abismo,
mucho mayor del cual estoy ahora.
No quiero ver la oscuridad, no quiero ver la luz, no quiero
recordar, odio recordar… no quiero hacer presente al pasado; un pasado que
muestra a un hombre humillado, a un hombre maltratado, a un hombre destruido y
avergonzado.
Un pasado que muestra también la impotencia, la crueldad, el
odio y el rencor, sentimientos que nos llevan a decisiones apresuradas,
sentimientos que nos llevan a la venganza.
Ese hombre, que por sus decisiones y actuaciones equivocadas
fue maltratado y humillado de la manera
más baja posible, era mi padre. Nada de eso debió suceder…
No fue el mejor padre del mundo, ni siquiera anduvo cerca de
serlo, pero era mi padre, no fue el mejor marido del mundo, tal vez, todo lo
contrario, pero mi madre, aun así, lo amaba.
Recuerdo a un hombre alegre, el alma de todas las fiestas,
nada lo intimidaba, nada le hacía enojar, nada quebrantaba esa sonrisa burlona que
siempre le acompañaba.
Éramos una familia de tres miembros: mis padres y yo, a él
le gustaba perderse por días, salía con otras mujeres y luego volvía como si
nada, envolviéndola con su alegado arrepentimiento, sus halagos y sus extrañas
promesas de amor y mi madre, a pesar de
lo mucho que sufría, siempre le perdonaba; era el típico “don Juan, que se la
sabía todas”. Yo por un lado me enojaba al ver como mi madre se dejaba, por
otro lo admiraba, no sé cómo le hacía para tener a todas las mujeres siempre a
sus pies.
Pero las malas actuaciones son guiadas por el mismo Diablo,
quien te cubre hasta que le convenga, nadie se escapa de las consecuencias de
sus acciones. Un día, como cualquier otro, mi padre se encontraba en amorío con
una chica y mientras estaban en pleno acto sexual fueron sorprendidos por el marido,
quien llegó en silencio, en asecho y acompañado de unos amigos.
Lo golpearon sin compasión y luego, ya cansado de causarle
toda clase de dolor, le violaron sexualmente. No obstante a eso le obligaron a
practicarle el sexo oral al marido engañado. La amenaza fue contundente: o lo
hacía, o mataban a la chica y luego irían contra su familia. Como les conté
antes: no fue jamás un buen marido, ni siquiera un buen padre, pero jamás
permitiría que nadie nos dañaras, por lo que tuvo que acceder a los cochinos
caprichos de aquel hombre que lo único que quería era verlo humillado, era el
único objeto de su cruel venganza.
Recuerdo ese día como ahora; Cuando llegó a casa parecía un
fantasma, nunca había vito a mi padre enojado, ni triste y sin la sonrisa
burlona que siempre traía, no le reconocía. Se notaba que había sido golpeado
salvajemente, mi madre y yo pensamos que había sido un atraco, pero tenía
encima su celular, su reloj de oro y en su cartera llevaba dinero, lo que nos
hizo descartar esa posibilidad; pero mi padre no citaba palabra, se había
quedado completamente mudo, no pasaba ni agua, solo estaba allí, sentado,
quieto como si fuera un mueble más de aquella amplia sala, mi madre y yo no
entendíamos lo que le había pasado, él solo reaccionó un momento para evitar
ser llevado al médico y nosotros ya no encontrábamos que hacer, ni que pensar.
Hasta que al otro día por la mañana, salió a la luz una
noticia que nosotros fuimos los últimos en ver.
El marido de la chica había grabado todo lo sucedido y lo
había publicado en Facebook, ya todo el mundo sabía lo que había pasado,
nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros vecinos, todo el mundo la vio y
nosotros fuimos los últimos en enterarnos.
Eso sí fue una humillación,
una terrible humillación que mi padre no soportó, un infarto fulminante
acabó con su vida y unos días después también cayó mi madre. En menos de dos
meses había perdido mi familia y por eso nadie pagó… claro, hasta que llegó el
momento de mi venganza.
Unos días después del entierro de mi madre, pensé que
debería vengar su muerte y fue entonces cuando empecé a planear fijamente mi
estrategia para hacerle pagar a esos malditos su infamia.
Pasaron días, mientras planeaba todo, ese fue el motivo por
el cual decidí vivir.
Yo tenía solo 16 años de edad y el rencor y el odio ya
habían contaminado toda mi vida, era
obligatorio vengarme, tenía que hacer algo y lo hice.
Una noche, en aquella casa, había una fiesta, estaban
reunidos todos los amigos del maldito que acabó con la dignidad y con la vida
de mis padres, también estaba él y aquella chica con quien él se había acostado
y algunas mujerzuelas más.
Logré colarme entre los invitados, usé algunas estrategia
para no ser descubierto y cuando nadie me veía envenené la comida y picadera, también
algunas bebidas.
Gozaba al ver como todo consumían aquel manjar sin saber que
ése, sería el último de su vida, pero más me emocionó al ver como todos
empezaron a retorcerse del dolor, a caer convulsionando y echando espuma por la
boca, El maldito fue el primero en caer, me le acerqué, vi sus ojos desesperado
y le dije al oído: «esto fue por mi padre » él me miró fijamente a los ojos,
fue una mirada aterradora, de alguien que no quería morir, no me importaron aquellos
ojos que pedían clemencia; el odio, el rencor, fueron mucho más fuerte que la
pequeña lástima que pude, por algún momento, llegar a sentir. Me le quedé ahí,
mirándole fija y fríamente, hasta ver sus últimos suspiros, su último aliento
de vida.
Después siguieron cayendo todos, uno por uno; En ese momento
recordé aquel dicho «la venganza es un plato que se come frío » y lo disfruté,
aquel espectáculo duró sólo unos minutos, había sido el mejor espectáculo de
toda mi vida, me sentí pleno, me sentí fuerte, me sentí vengado, todo iba muy
bien, hasta que al querer marcharme vi dos pequeños niños de 10 o tal vez de
algunos 11 y 12 años de edad, estaban entre las víctimas y yo, no le había
visto. Eran hijos de aquella chica que ya conocen, intenté socorrerle, pero era
ya, demasiado tarde, habían muertos junto a su madre.
Pude salir de allí sin ser visto, nadie pudo acusarme de
nada, había funcionado mi estrategia para evitar ser castigado por la ley... y
ahora, estoy siendo castigado por mi conciencia.
Desde esa noche no he podido dormir, siento que alguien me
observa, siento que me vigilan días y noche, siento pisadas detrás de mí al
caminar y al voltear no veo a nadie.
Cuando suelo conciliar el sueño tengo pesadillas, oigo
voces, despierto asustado, nervioso, creo que estoy enloqueciendo. Tal vez sea
lo mejor; así perdería todos mis recuerdos y solo de ese modo tendría algunos
momentos de paz.
Pero no lo logro, mis recuerdos están ahí, latente, clavando
a cada momento una daga en todo mi cuerpo. No puedo más, todo alcanza su límite
y el mío… acaba de llegar. Por eso he tomado una decisión, no hay vuelta atrás,
he empezado un viaje sin regreso, me dirijo al otro lado del mundo, de ese que
nadie ha podido regresar; así que cuando
ya no me escuchen decir nada más, es porque mi corazón habrás dejado de latir;
Pero debo advertirle algo ante de partir:
En la vida hay todas
clases de injusticias; al vivir estamos expuesto a todas maldades; por
eso, cuando te vea envuelto en alguna de
ellas, por terrible que sea, solo hay algo que debe hacer para evitar que tu
corazón se llene de odio y de rencor… la solución... es perdonar.
Perdonar lo imperdonable, es la única forma de seguir
adelante.
Recuerda que un mal solo se venga con otro mal. Que Dios es
el único que tiene derecho a juzgar y a castigar. Que la venganza es un arma de
doble filo y no te aporta la paz, ni la reacción esperada. Que el rencor y el
odio son una flecha que va directo a tu propio corazón y el efecto de la
conciencia resulta ser siempre… Una venganza mayor.
Por Valentina Soriano Z.
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