Eran dos cachorritos que camino a su casa siempre se
encontraban con un perro bravucón.
Este perro desde que lo veía acercarse le gruñía y parecía
querer atacarlo.
Ese era el único camino que podían tomar, y su miedo era tan
grande que les obligaba a detenerse por un largo rato a ver si aquel perro se
marchaba, eso nunca sucedía hasta que ellos se decidían a cruzar y entonces les hacía caer en un fango apestoso donde
permanecían hasta verlo desaparecer.
Salían de allí muy sucios y enfadados, se iban echando peste
y solo los calmaba la aparición de un lobo que les sonreía y les consolabas.
—No se preocupen que ningún mal dura cien años —les decía y
ellos se tranquilizaban
La historia se repetía una y otra vez, y ya por costumbre se
lanzaban solo al fango para evitar que aquel perro les ladraras y les acorralaras.
Un día después de que el cachorrito más pequeños ya se había
lanzado al lodo, fue que el más grande notó que el perro no estaba.
—Espera un momento, te has lanzado al fango de gratis, el
bravucón no está.
—¿no? ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Me acabo de enterar ¡Qué bueno que yo no me he embarrado! Ja,
ja —dijo el cachorrito mayor muy feliz, en cambio el más pequeño, que sí se enlodó,
estaba muy triste y rabioso.
Ambos caminaron hacia su casa y como siempre se encontraron
el lobo sonriente que siempre les consolabas
—Hola, les dije que ningún mal duraba cien años. Je, je
—¿sabe qué pasó con el perrote malvado? —le preguntó el
cachorrito más pequeño.
—Me lo he comido. En realidad, estaba muy viejo para mi
gusto. Pero no podía permitir que siguiera estropeando mi almuerzo todos los
días.
—¡Tu almuerzo! —dijo asombrado el cachorro mayor
—Sí, a ustedes, llevo
esperándolos hace mucho tiempo, pero ese perro entrometido los protegías —le respondió el lobo y se lanzó sobre el
pobre cachorro y se lo comió. Mientras se
saboreaba, el pequeño lo miraba aterrado y temblando como una gelatina. El lobo
le miró y le dijo con voz fuerte y muy enojado— ¿Y tú, porqué te has embarrado
si el bravucón no estaba? Ahora no puedo comerte ¡apesta! Pero mañana te espero
aquí, asegúrate de venir limpio ¿de acuerdo?
Moraleja: No todo el que te gruñe es tu enemigo, y no todo
el que te sonríes es tu amigo.

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