miércoles, 18 de diciembre de 2019

La Fábula de los Cachorros y El Fango



Eran dos cachorritos que camino a su casa siempre se encontraban con un perro bravucón.
Este perro desde que lo veía acercarse le gruñía y parecía querer atacarlo.
Ese era el único camino que podían tomar, y su miedo era tan grande que les obligaba a detenerse por un largo rato a ver si aquel perro se marchaba, eso nunca sucedía hasta que ellos se decidían a cruzar y entonces  les hacía caer en un fango apestoso donde permanecían hasta verlo desaparecer.
Salían de allí muy sucios y enfadados, se iban echando peste y solo los calmaba la aparición de un lobo que les sonreía y les consolabas.
—No se preocupen que ningún mal dura cien años —les decía y ellos se tranquilizaban
La historia se repetía una y otra vez, y ya por costumbre se lanzaban solo al fango para evitar que aquel perro  les ladraras y les acorralaras.
Un día después de que el cachorrito más pequeños ya se había lanzado al lodo, fue que el más grande notó que el perro no estaba.
—Espera un momento, te has lanzado al fango de gratis, el bravucón no está.
—¿no? ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Me acabo de enterar ¡Qué bueno que yo no me he embarrado! Ja, ja —dijo el cachorrito mayor muy feliz, en cambio el más pequeño, que sí se enlodó, estaba muy triste y rabioso.
Ambos caminaron hacia su casa y como siempre se encontraron el lobo sonriente que siempre les consolabas
—Hola, les dije que ningún mal duraba cien años. Je, je
—¿sabe qué pasó con el perrote malvado? —le preguntó el cachorrito más pequeño.
—Me lo he comido. En realidad, estaba muy viejo para mi gusto. Pero no podía permitir que siguiera estropeando mi almuerzo todos los días.
—¡Tu almuerzo! —dijo asombrado el cachorro mayor
 —Sí, a ustedes, llevo esperándolos hace mucho tiempo, pero ese perro entrometido los protegías  —le respondió el lobo y se lanzó sobre el pobre cachorro y se lo comió. Mientras  se saboreaba, el pequeño lo miraba aterrado y temblando como una gelatina. El lobo le miró y le dijo con voz fuerte y muy enojado— ¿Y tú, porqué te has embarrado si el bravucón no estaba? Ahora no puedo comerte ¡apesta! Pero mañana te espero aquí, asegúrate de venir limpio ¿de acuerdo?
Moraleja: No todo el que te gruñe es tu enemigo, y no todo el que te sonríes es tu amigo.   

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