miércoles, 8 de agosto de 2018

Un Ardiente Verano







Actualización de un ardiente verano
Dicen que el calor de un intenso y agobiante verano puede hacerte perder el sentido, y hay veces que las primeras en sentirlos son tus neuronas, las cuales sin preguntar siquiera salen de vacaciones, dejándote frágil, vulnerable y a merced de las más peligrosas tentaciones. 
Llegué sin pensar a un hotel cerca de la playa, hasta allí me llevó mi desesperación por apagar esa llama que rostizaba todo mi cuerpo. Sentía calcinado mi cerebro y en lo único que podía pensar era en escapar,  ¡si…! Huir a toda velocidad de aquellos rayos feroces de sol que encendían el fuego que hacían arder mi piel; no veía la hora de hundirme entre las aguas para apagar esa llama y despojarme por completo de aquella gruesa y molesta capa que lentamente iba invadiendo cada rinconcito de mi cuerpo, esa transpiración que me indicaba incesantemente que, por lo menos, mi defensa interior  aún no dejaba de funcionar.

Por mi afán de llegar al agua casi corría hacia la salida pretendiendo llegar de un salto a la playa como si de eso dependiera mi vida, sin embargo, algo logra detenerme, justo en frente mío un cuerpo de galán de telenovela, con cara de ángel travieso pudo hacerme olvidar mi necesidad de refrescarme.

Curiosamente congelada… ¡Sii, Congelada! me quedé allí, no podía dejar de mirar aquel monumento, parecía que aquellos músculos tan bien formado me habían hecho, en ese instante, perder el poco sentido común que el calor no había podido consumir. Mi corazón parecía querer salir de mi agitado pecho, mis ojos vagaban por cada musculo de aquel desconocido que tenía el rostro más espectacular que haya visto en toda mi vida, Parecía haber perdido, justo en ese momento, la cordura. Faltó poco para que me lanzara entre sus brazos, pero lo peor de todo, él ya lo había notado, no podía dejar de mirarlo, y solo cuando nuestros ojos se encontraron fue, que por fin, sentí una sacudida en mi corazón y supe que debía poner distancia absoluta entre aquello que no era nada más que el cuerpo  del pecado. Entonces, avancé rápidamente hacia la salida, esta vez llevaba mucha más prisa que antes por llegar al agua, pero no por el incesante efecto del calor producido por el radiante Sol, ahora mi cuerpo se veía afectado por un fuego interior que me producía otro tipo de calor y ese… ese era mucho peor.

Me sumergí en el agua, por fin un poco de alivio, las aguas regeneran, limpian y refrescan el cuerpo, pero aun así, no podía quitar de mi mente aquel hombre desconocido que tantas sensaciones había producido en mí; mi piel se había refrescado, pero mi cuerpo ardía por dentro.
Cerré mis ojos y empecé a fantasear, sentía como él entraba al agua y me aprisionaba con sus fuertes y deliciosos brazos desde mi espalda, como me besaba el cuello y me hacía vibrar con el peso y el calor de aquel cuerpo tan varonil. Sentía su masculinidad rozándome como un potro salvaje,  sus caricias y su respiración que me elevaban al cielo y yo… es cierto, perdía la razón. Mis manos empezaron, como cosa suya, a acariciar aquellos brazos y sentía morir, su piel era suave y fuerte, me mataban esos vellos que cubrían su fibrosa piel, dejaba bajar mis manos desde sus hombros hasta  sus alargados dedos y allí me hizo reaccionar el rose de un anillo… ¿perdón? ¿Un anillo? ¿Qué buscaba un anillo en mi fantasía? Desperté, abrí mis ojos y ¡por Dios! no era una fantasía, ¡él de verdad estaba ahí! el cuerpo del pecado me había seguido y me tenía entre sus brazos.

Quise soltarme, quise gritar, pero sus caricias fueron mucho más fuertes que la razón, mi cuerpo lo necesitaba, ardía de deseo y él, él estaba ahí, dispuesto a apagar ese fuego que me quemaba por dentro.
Acepté sus besos, acepté sus caricias, mi cuerpo se estremecía y pedía cada vez más. En ese momento yo no era yo, la pasión y el deseo por aquel hombre me habían enloquecido; estaba completamente poseída por el pecado, había caído redondita en aquella, la más dulce, tentación que me había tocado vivir.  No podía ni quería resistirme a sus deseos. Nuestros cuerpos se unieron entre sí y nos amamos una y una y otra vez,  no hubo palabra, con la mirada y con nuestras caricias nos dijimos todo, ¿si lo que queríamos era acción, para que hablar? no importaba su nombre siempre y cuando sus manos no me dejaran de tocar.
No hubieron  reservas, ni restricciones, ni reproche, nuestra entrega fue total y absoluta, un vaivén del agua a la arena como dos seres incautos, presos de sus pasiones y sus deseos hasta quedar rendido en la orilla satisfechos y exhaustos.
Allí nos quedamos dormidos, después de haber librado una gran batalla en la que ambos fuimos vencedores. No sé qué tiempo pasó, solo sé que al despertar él ya no estaba, el cuerpo del pecado había desaparecido. Me quedó un enorme sabor a nostalgia y un recuerdo perpetuo de mí primera, y tal vez única, pasión de verano.
Por Valentina Soriano Zapata.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Gracias, les agradecemos su comentario