Actualización de un ardiente verano
Dicen que el calor de un intenso y agobiante verano puede
hacerte perder el sentido, y hay veces que las primeras en sentirlos son tus
neuronas, las cuales sin preguntar siquiera salen de vacaciones, dejándote
frágil, vulnerable y a merced de las más peligrosas tentaciones.
Llegué sin pensar a un hotel cerca de la playa, hasta allí
me llevó mi desesperación por apagar esa llama que rostizaba todo mi cuerpo. Sentía
calcinado mi cerebro y en lo único que podía pensar era en escapar, ¡si…! Huir a toda velocidad de aquellos rayos
feroces de sol que encendían el fuego que hacían arder mi piel; no veía la hora
de hundirme entre las aguas para apagar esa llama y despojarme por completo de
aquella gruesa y molesta capa que lentamente iba invadiendo cada rinconcito de
mi cuerpo, esa transpiración que me indicaba incesantemente que, por lo menos,
mi defensa interior aún no dejaba de
funcionar.
Por mi afán de llegar al agua casi corría hacia la salida
pretendiendo llegar de un salto a la playa como si de eso dependiera mi vida,
sin embargo, algo logra detenerme, justo en frente mío un cuerpo de galán de
telenovela, con cara de ángel travieso pudo hacerme olvidar mi necesidad de
refrescarme.
Curiosamente congelada… ¡Sii, Congelada! me quedé allí, no
podía dejar de mirar aquel monumento, parecía que aquellos músculos tan bien
formado me habían hecho, en ese instante, perder el poco sentido común que el calor
no había podido consumir. Mi corazón parecía querer salir de mi agitado pecho,
mis ojos vagaban por cada musculo de aquel desconocido que tenía el rostro más
espectacular que haya visto en toda mi vida, Parecía haber perdido, justo en
ese momento, la cordura. Faltó poco para que me lanzara entre sus brazos, pero
lo peor de todo, él ya lo había notado, no podía dejar de mirarlo, y solo
cuando nuestros ojos se encontraron fue, que por fin, sentí una sacudida en mi
corazón y supe que debía poner distancia absoluta entre aquello que no era nada
más que el cuerpo del pecado. Entonces,
avancé rápidamente hacia la salida, esta vez llevaba mucha más prisa que antes
por llegar al agua, pero no por el incesante efecto del calor producido por el
radiante Sol, ahora mi cuerpo se veía afectado por un fuego interior que me
producía otro tipo de calor y ese… ese era mucho peor.
Me sumergí en el agua, por fin un poco de alivio, las aguas
regeneran, limpian y refrescan el cuerpo, pero aun así, no podía quitar de mi
mente aquel hombre desconocido que tantas sensaciones había producido en mí; mi
piel se había refrescado, pero mi cuerpo ardía por dentro.
Cerré mis ojos y empecé a fantasear, sentía como él entraba
al agua y me aprisionaba con sus fuertes y deliciosos brazos desde mi espalda, como
me besaba el cuello y me hacía vibrar con el peso y el calor de aquel cuerpo
tan varonil. Sentía su masculinidad rozándome como un potro salvaje, sus caricias y su respiración que me elevaban
al cielo y yo… es cierto, perdía la razón. Mis manos empezaron, como cosa suya,
a acariciar aquellos brazos y sentía morir, su piel era suave y fuerte, me
mataban esos vellos que cubrían su fibrosa piel,
dejaba bajar mis manos desde sus hombros hasta sus alargados dedos y allí me hizo reaccionar el
rose de un anillo… ¿perdón? ¿Un anillo? ¿Qué buscaba un anillo en mi fantasía?
Desperté, abrí mis ojos y ¡por Dios! no era una fantasía, ¡él de verdad estaba
ahí! el cuerpo del pecado me había seguido y me tenía entre sus brazos.
Quise soltarme, quise gritar, pero sus caricias fueron mucho
más fuertes que la razón, mi cuerpo lo necesitaba, ardía de deseo y él, él
estaba ahí, dispuesto a apagar ese fuego que me quemaba por dentro.
Acepté sus besos, acepté sus caricias, mi cuerpo se estremecía
y pedía cada vez más. En ese momento yo no era yo, la pasión y el deseo por aquel
hombre me habían enloquecido; estaba completamente poseída por el pecado, había
caído redondita en aquella, la más dulce, tentación que me había tocado vivir. No podía ni quería
resistirme a sus deseos. Nuestros cuerpos se unieron entre sí y nos amamos una
y una y otra vez, no hubo palabra, con
la mirada y con nuestras caricias nos dijimos todo, ¿si lo que queríamos era
acción, para que hablar? no importaba su nombre siempre y cuando sus manos no
me dejaran de tocar.
No hubieron reservas,
ni restricciones, ni reproche, nuestra entrega fue total y absoluta, un vaivén del
agua a la arena como dos seres incautos, presos de sus pasiones y sus deseos hasta
quedar rendido en la orilla satisfechos y exhaustos.
Allí nos quedamos dormidos, después de haber librado una
gran batalla en la que ambos fuimos vencedores. No sé qué tiempo pasó, solo sé
que al despertar él ya no estaba, el cuerpo del pecado había desaparecido. Me
quedó un enorme sabor a nostalgia y un recuerdo perpetuo de mí primera, y tal vez
única, pasión de verano.
Por Valentina Soriano Zapata.

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